Las aldeas de Las Minas y Salmerón nos regalan su mejor estampa estas semanas. Las vegas del Segura y el Mundo se irán vistiendo de verde a medida que avanzan los días. Merece la pena una visita a este tesoro para muchos desconocido y contemplar el reflejo del atardecer sobre los arrozales.

Podemos llegar desde directamente por la carretera de Agramón o desviarnos a medio camino y tomar la carretera del Maeso en el Tesorico. Si elegimos la primera opción descenderemos por la antigua explotación de azufre, y podremos distinguir las ruinas de pozos y hornos entre escoriales. Por el Maeso la carretera bordea la vega hasta llegar la cruce: si giramos a la derecha cruzamos el puente sobre el Segura para llegar a la aldea de Salmerón (Moratalla).
Después de arar las tierras, prepararlas para el fangueo y la siembra, los agricultores de  Salmerón  y Las Minas  ven crecer sus arrozales bajo el recatado sol de este mes de junio. Los bancales inundados por el agua del Segura y que estaban sin vegetación hace tan solo unos días, van cubriéndose paulatinamente de fastuoso verde. Será durante los meses de septiembre y octubre cuando las sofisticadas cosechadoras recojan el ansiado fruto, esas espigas de oro  a las que muchos ya denominan como "el mejor arroz del mundo".

En el nº 78 de la revista Muchas gracias (Madrid, 1925), dentro de la sección "Estampas Galantes" (p. 10), encontramos estos versos de Mariano Tomás, poeta, novelista y periodista, nacido en Hellín en 1890. Los versos están dedicados a una agramonera, Dolores, y en ellos se alude a varios topónimos de la zona como Cancarix, el Azaraque, la rambla del Saltador o los ríos Mundo y Segura.

DOLORES

Una minúscula estación,
y allá a lo lejos, una aldea;
una voz ronca que vocea:
"Cinco minutos Agramón."
¡Cómo me duele el corazón!

No hay aquí senda ni vereda,
no hay un remanso de este río,
no hay un lentisco ni arboleda,
desde el Navazo a Minateda,
sin un recuerdo suyo y mío.

¡Oh, río Mundo, río Mundo!
Tú has alcanzado la ventura
de ver copiada su figura
en tu cristal claro y profundo,
dándole celos al Segura.

Para mi amor, un casto nido
fue tu ribera aquel verano.
¡Cómo podré darte al olvido,
si de tus aguas he bebido
dentro del hueco de su mano!

¡Aquéllos diálogos de amor
en los paseos vespertinos,
sobre los áridos caminos
de Cancarix y el Saltador,
del Azaraque y los molinos!

¡Las madrugadas otoñales,
sobre los ásperos bancales
cogiendo flores de azafrán!
Y las mañanas de San Juan,
entre fragancia de rosales,
de hierbabuena y de tomillo,
en que reía como loca
entre la parba y sobre el trillo,
con un clavel preso en la boca
y en la mirada un raro brillo.

¡Aquella fiesta del Patrón!
¡Aquel gemir del acordeón!
¡Aquel bailar a su compás
un arbitrario rigodón
entre unos pasos de torrás!

¿Acaso todo un sueño ha sido?
¿Es que jamás han transcurrido
estos momentos del pasado?
Aquí está el río, el monte, el prado,
y tú, Dolores, ¿dónde has ido?

¡Cómo me duele el corazón!...
Desde la ermita de la aldea
llega la voz del esquilón...
-¿Llora señor?
-¡Oh, no! ¡Qué idea!
Es una brizna de carbón.

Mariano Tomás

DESCARGA: Muchas gracias, núm. 78 (25/07/1925) [PDF]