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Crónica de las Fiestas de Agramón de 1930

En el diario La Tierra del 26 de agosto de 1930 encontramos una evocadora crónica de las fiestas de Agramón de ese año. Hemos transcrito el texto para facilitar su lectura.

IMPRESIONES

Agramón ha sabido vestir, por unos días, su traje de gala. Las fiestas en honor de su santo Patrono, han alborotado sanamente, con alegría inocente de chicos, a los buenos moradores del pueblecito. Funciones religiosas, festejos populares; después de la fiesta espiritual, las paganas han sido el aliciente que, en varías jornadas, desterró la quietud de este terruño escondido entre sierras.

Grandes y pequeños, de acá y allá; desde el muchachote revoltoso y locuaz, hasta la moza garrida y bonica, pasando por el anciano endeble y sarmentoso, se han dado cita en la calle Mayor del pueblo.

Castillos, verbenas; carreras de cintas, en las que unas chiquillas, flores silvestres, ramillete de tomillo y romero, cuyos nombres de: Angelita Lara, Rosita del Olmo, Pepita Vera, Paca Rubio, Carmen Valenciano, Marina y Lucía Aballan, Juanita Guerrero y Florinda Perona, son una garantía de belleza, ataviadas gallardamente con la clásica peineta y el español mantón de Manila, presidieron, mil veces suntuosas en su improvisado trono. Música, mucha luz, mucha alegría, todo ello endulzado con ese sabor agradable que estas fiestas pueblerinas tienen; bulla, bromas, chanzas y baile, maremagnum apetecible de cosas, que, en contraste apoteósico de luz y color nos llega a nosotros, hombres de la ciudad, como un eco tentador y sincero.

Hemos sentido, con ellas, con estas gentes de Agramón, la misma emoción, la misma inefable dicha que infiltra este ambiente de nobleza; y hasta aseguraríamos que tan en contacto de sus costumbres, de su vida, de su tierra, nos hemos sentido, que si, en un momento de abstracción, en un instante de irrealismo, nos hubieran preguntado:
—¿De dónde eres? 
Sin vacilar, sin duda, hubiéramos contestado: 
—Eso es, de Agramón.

Carmen Valenciano tiene para mí toda la simpatía, la simpatía misma que me inspira la tierra que la vio nacer. Pequeña, traviesa, enormemente graciosa, tiene siempre en su boca una sonrisa a punto, un gesto de gracia natural, un dicho, una frase o un ademán de mujercita inquieta.

Y esta chiquilla, esta nena preciosa y atrayente, tiene por amigas tan adornado ramo de criaturas, tal manojo de mujeres, frescas y lozanas como ella, que bien pudiera formarse toda una corte celestial.

Fué en la casa de los señores de Valenciano, en una noche veraniega y de fiestas; en el espacioso salón primero, en el amplio patio después, convertido en verbena andaluza, donde he podido contemplar todo ese racimo de muchacbitas adorables. En tropel acuden a mi memoria sus nombres y figuras, sus rostros y gestos, en acabado cuadro plástico.

Y es primero una chiquilla, espigada y ondulante como la palmera, Obdulia Martínez; es después la figura esbelta y señorial de Enriqueta Valcárcel; es mas tarde la bondad y belleza de la señorita de Garaulet, la simpatía de Elena López Pina, la gracia de Paquita García, la atracción de Concha del Olmo, el gracejo picaresco y el mohín inimitable de mi Pili Martínez, la risa de Florinda Perona, la genialidad y hermosura de las chicas de Linares, es por último el deslumbramiento que nos produce Sofía Cano, paloma mensajera venida de Hellín, entre el grupo de muchachas guapas entre las guapas, a avalorar con su presencia la improvisada fiesta, y el de otras muchas, las que en todo el transcurso de la noche aquella alegraron con sus risas, con sus charlas, nuestra alma entera.

Ha cesado un momento el baile de parejas, para dejar paso a dos chiquillas preciosas que tejen, en acompasados puntos, una jota; y ha sonado, después, la guitarra, melancólica y romántica, el tono de un fandanguillo de Marchena, que un rapaz deja oír a media voz...

Otra vez el baile, la zarabanda de gritos y risas, el ir y venir de parejas y más parejas en abrazo honesto y amigo, al compás del último tango de moda.

Cuando nos damos cuenta avanza la madrugada y con ella se apaga la fiesta agradable y magnifica. Un grupo de muchachas encantadoras cementan esta noche inolvidable, y en un rincón sorprendemos a Carmen García, la gentil cartagenera esposa de Perico Valenciano, cuyos ojos brillan expresivos ante la satisfacción que le produce la alegría de la juventud que ríe.

Y brillan más que nunca en el firmamento azul, en el cielo puro, las estrellas en esta noche agosteña; quieren participar de la dicha de los humanos alumbrando con su luz la tierra, a esta tierra bendita de Agramón que la naturaleza parece haber hecho para Edén envidiable.

***

Otra vez desandamos, a muchos kilómetros por hora, la distancia que nos separa de Cartagena. Queremos retener nuestros recuerdos, y pronto acuden a la mente, en laberinto desconcertante, miles de detalles. Flota sobre todos ellos el semblante risueño y cariñoso de Sofía Cano; creemos adivinar su imagen reflejándose a toda luz sobre la sombra opaca del coche, y no sabemos por qué su risa de plata, su voz cadenciosa, suena en sus oídos tan repentinamente; con tal encanto, que por unos momentos borra todos nuestros pensamientos. Tal vez adivinamos en ella la mujercita de nuestro sueño de poeta, tal vez su recuerdo nos seduce hasta el infinito en nuestra voluntaria huida...

Poco a poco va esfumándose el puntito blanco que indica el pueblo hasta desaparecer junto con las figuras de unos labriegos que, por unos momentos han levantado sus espaldas encorvadas para sonreir, con sus rostros tostados al Sol, irónicamente al paso del convoy.

Y mientras el tren camina rápido como el viento, dejando atrás, en su carrera loca, pueblos y aldeas, llanos y montañas, buscaudo tras un horizonte otro más lejano, cual el viajero que cantó Campoamor, volvemos "como inútil mercancía", maldiciendo nuestra suerte, que nos aleja de este rincón manchego, que como un castillo feudal, tiene por minaretes los picos agrestes de la Sierra de los Donceles, y por almenas las copas de sus pinos, donde unos días, tan en sazón, tan puramente, hemos gozado las mieles de la vida... 

Pedro García

Agosto de 1930.

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