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La oreja del cura de Isso

José Alfaro Rivas fue cura párroco en Isso desde 1926. Murió en septiembre de 1936 a manos de un grupo de milicianos. Según testimonios orales de algunos vecinos de Isso la oreja fue cocinada y servida en el bar del Salonero (Placeta). 

Hemos seleccionado de la web dedicada a la Diócesis de Albacete una relación de religiosos de la comarca (Hellín, Agramón, Tobarra) perseguidos y asesinados durante los primeros meses de la contienda, una pequeña nota biográfica, fotografía en la mayoría de los casos y narración de cómo fueron muertos (aunque no se cita ninguna fuente oral o escrita).

JOSÉ ALFARO RIVAS
Párroco de Isso

Nació el 18 de diciembre de 1895 en Tobarra (Albacete). Ingresó en el seminario de Cuenca donde cursó sus estudios de humanidades y filosofía, trasladándose después al de San Fulgencio de Murcia, donde estudio teología y se ordenó de presbítero. Tras varios nombramientos, desde 1926, ejerce como párroco de Isso (Albacete).

Sofocada la sublevación militar y civil en Hellín (Albacete), a partir del 24 de julio de 1936, se inicia la persecución religiosa. Don José para eludirla buscó refugio en la soledad de los montes más próximos a Isso, padeciendo todo tipo de vicisitudes. Ante las calamidades que tuvo que sufrir, se ocultó en una casa que su hermano tenía no muy lejos de Isso. Éste, como estaba bien visto por el Comité, creyó oportuno poner en conocimiento del mismo que tenía en su casa al sacerdote buscado, con la esperanza de que le respetarían, pero no fue así. El Comité ordenó su inmediata detención pasando don José por desagradable tesitura de verse en manos de sus perseguidores y denunciado por su propio hermano. Le condujeron a la iglesia, que había sido pasto de las llamas, donde sufrió todo tipo de tormentos físicos y morales. Después se procedió a asesinarlo. Llevado a la carretera de Madrid, hasta un lugar próximo a Cieza (Murcia) se le tomó por blanco de tiro, pudiéndose apreciar hasta ciento treinta heridas producidas por disparo de escopeta. Era el 10 de septiembre de 1936. Se sospecha que fue su cuerpo objeto de múltiples ultrajes, y uno de los asesinos exhibió orgulloso una oreja de la víctima en una taberna. Otros testigos apuntan que estos sucesos ocurrieron en las afueras Isso (Albacete).


PEDRO ALCÁNTARA HERNÁNDEZ ESPINOSA
Arcipreste en la catedral de Jaén


Nació en Hellín el 21 de diciembre de 1876. Estudió en el Seminario de San Fulgencio de Murcia. Ordenado presbítero en 1899. Don Pedro fue un hombre dotado de excelentes cualidades intelectuales y un sacerdote de gran proyección en el ámbito nacional, donde su humildad y su muerte le privaron tal vez del desempeño de importantes funciones en el seno de la jerarquía eclesiástica nacional. Desde el principio ocupó cargos de relevancia en la Curia y en el Seminario de su Diócesis de Cartagena; su trabajo fue excelente en los diferentes destinos pastorales que tuvo; después se doctoró en Sagrada Teología por la Universidad de Granada; destacó también como prolífico escritor, especialmente, en los periódicos locales e incluso nacionales, como ABC. Finalmente, destacó como insigne predicador. El Sr. Obispo de Madrid, Dr. Melo y Alcalde, conocedor de su valía le llamó para que fuese su secretario. Los breves años que estaría en Madrid los aprovechó para doctorarse en Derecho Canónigo por la Universidad Pontificia de Toledo.

En 1920 obtuvo una canongía en la Catedral de Jaén. En esta ciudad realizó también una muy buena gestión, al ser nombrado Fiscal General del Obispado, Defensor del vínculo matrimonial, profesor del Seminario y Consiliario Diocesano de Acción Católica. En 1934 obtuvo la dignidad de Arcipreste en la catedral jienense. Se dice que en dos ocasiones estuvo propuesto para ser obispo, y que humildemente lo rechazó.

En 1936, y, como todos los veranos, acude a Hellín (Albacete) a descansar a su pueblo natal. El 21 de agosto de 1936, es detenido, y sin quitarse la sotana, es llevado a la Inspección de Vigilancia, donde pasa unas horas, y a continuación es conducido a las afueras de Tobarra (Albacete), exactamente en el kilómetro 2 de la carretera que de Tobarra (Albacete) conduce a Ontur, donde es apaleado bárbaramente hasta matarlo. Esta acción salvaje la cometieron los que en otro tiempo habían sido sus feligreses (Don José fue ecónomo de Tobarra de 1904 a 1907). Sus últimas palabras fueron: En los momentos solemnes de dar mi vida por la fe, queréis que me quite la sotana. ¡Qué niños sois! Pido a Dios que os perdone, como yo os perdono. Me matáis por ser sacerdote: pido a Dios que por cada gota de mi sangre, surja uno.

JOSÉ REQUENA FERNÁNDEZ
Ecónomo de Alcalá de Júcar


Nació en Hellín (Albacete) el 26 de febrero de 1886. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario de San Fulgencio de Murcia. Ordenado presbítero, realizó su trabajo en diferentes parroquias, sin duda, fue en el pueblo de Férez (Albacete), en el que desarrolló su actividad pastoral por quince años donde más se le recuerda. En 1935 es nombrado ecónomo de Alcalá del Júcar (Albacete). Para entonces, por testimonio de su sobrina, su salud estaba francamente resquebrajada por problemas de estómago. Aunque se esforzó por continuar con su labor apostólica fue bastante difícil, pues unido a los problemas de salud estaba el ambiente prerrevolucionario que ya se vivía en aquel momento. Su sobrina Rosario refirió en muchas ocasiones las continuas vejaciones de que fueron objeto: insultos, amenazas de toda índole, hurtos domésticos y provocaciones que él soportó pacientemente gracias a su inquebrantable fe. A principio de 1936, al año escaso de su nombramiento, la enfermedad que le aquejaba le obligó a retirarse a su pueblo natal. Allí ayudó como pudo a sus compañeros en las tareas parroquiales, especialmente en el Santuario de la Virgen del Rosario, patrona de Hellín.

Iniciada la guerra, Don José permaneció en casa de sus familiares, a pesar de que el rumbo que tomaban los acontecimientos (los asesinatos de otros compañeros sacerdotes y las advertencias de gentes de bien para él y su familia) le hacían presagiar lo peor. Fueron semanas especialmente duras para él, ya que su madre y sus hermanas le instaban continuamente a que abandonase el pueblo para refugiarse en las aldeas vecinas donde tenía otros familiares. Él, que sin duda tenía plenamente asumida la idea y la realidad del martirio, se negó en redondo a escucharlas, y a lo más que se avino fue a que su anciana madre le preparara un traje de paisano para utilizarlo en caso de tener que ponerse a salvo. Respecto a esto, se refiere que un día de agosto afirmó ante alguien que acudió a visitarles: Aquí estamos, Doña Encarna, para lo que Dios nos mande. Pero pierda cuidado, añadió para tranquilizarla. No estoy seguro de que Nuestro Señor me permita el privilegio de hacerme acreedor del coro de los mártires. En realidad estaba anunciando su propia sentencia de muerte.

El 21 de agosto, un grupo de milicianos irrumpía violentamente en su domicilio y, so pretexto de que tenía que presentarse en la Comisaría para someterse a un interrogatorio urgente, se lo llevaron sin tan siquiera permitirle adecentarse mínimamente. De nada valieron las súplicas de su anciana madre ni las de la hermana que, lógicamente, se temían lo peor. Lo montaron en una furgoneta y se lo llevaron carretera de las Peñas adelante, para asesinarlo minutos después, en el kilómetro 6 de dicha carretera. Los mismos milicianos comentaron los últimos momentos del sacerdote. Al pasar frente a la Capilla del Calvario, exclamó: Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Aquellas palabras, lejos de conmover a ningún miliciano, provocaron su ira, y uno de ello descargó sobre su mandíbula un culatazo que se la destrozó casi por completo. Él, entonces, musitó: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. El sitio exacto del asesinato fue la Cañada de los Pozos en el término de Hellín (Albacete). Allí le exigieron gritar: ¡Viva la República! A lo que él contestó: ¡Viva Cristo Rey en el cielo y en la tierra!

ANTONIO SÁNCHEZ CASTAÑO
Rector de la Iglesia de San Roque de Hellín


Nació el 3 de febrero de 1900 en La Ñora (Murcia). Influido grandemente por su hermano Saturnino, ingresará en el Seminario de San Fulgencio de Murcia, donde éste ya se encontraba estudiando. Después de ejercer diversos cargos en distintos puntos de la Diócesis, coincidirán ambos hermanos en Hellín (Albacete), recibiendo Don Antonio el nombramiento de rector de la Iglesia de San Roque.

El inicio de la guerra civil les sorprende en Hellín, y comienzan a ser conscientes del peligro que corren por su condición de sacerdotes. Y en vez de huir, asumen este riesgo, animándose arduamente ambos hermanos. Como cierto día su hermano aludiese al mucho tiempo que llevaban sin confesar, don Saturnino le respondió: No tardaremos mucho en confesar a Jesucristo. Será la noche que menos lo pensemos. Y advirtiendo, que al oír esto, su hermana se entristeció, trató de consolarla, añadiendo: ¿Puede haber algo más hermoso y apetecible que el martirio? Sin enfermedad y sin agonía se va uno derechito al cielo. Y, por otra parte, así cooperamos a la solución de España que, como muchas veces te he dicho, no se regenerará si no es lavada con sangre de mártires.

Estos presagios no tardaron mucho en cumplirse, y el día 25 de agosto de 1936, a las dos de la tarde, se presentó en el domicilio de los dos hermanos sacerdotes una patrulla de hombres armados, reclamando a Don Antonio. Pero entonces Don Saturnino, que estaba enfermo, declaró tajantemente que su hermano no saldría de casa, si él no le acompañaba. Los milicianos no pusieron objeción alguna a que acompañara a su hermano. Los llevaron, en principio, al Ayuntamiento, y allí los retuvieron hasta las dos de la madrugada del día siguiente. A esa hora, montándolos en un coche, los sacaron a la carretera de Peñas de San Pedro (Albacete). Y por ella caminaban, cuando al llegar al Olivar de Morote, Don Saturnino sufrió un colapso. Don Antonio suplicó a los milicianos que parasen el coche para que con el aire de la noche su hermano se recuperase. Al bajar, se percató que los milicianos comenzaban a preparar sus armas para disparar. No disparéis sobre mi hermano que el pobre ya no lo necesita. Y mientras extiende su brazo derecho para proteger la cabeza de Don Saturnino, dispararon sobre ambos, quedando tendidos por tierra, abrazados sus cuerpos, y acribillados a balazos. Todo esto sucedió en la madrugada del 26 de agosto.

SATURNINO SÁNCHEZ CASTAÑO
Capellán del Asilo de Ancianos de Hellín


Nació el 6 de enero de 1896 en La Ñora (Murcia). Siendo muy joven ingresó en el Seminario de San Fulgencio de Murcia. Tras ser ordenado sacerdote ejerció diversos cargos, hasta ser nombrado Capellán del Asilo de Ancianos de Hellín (Albacete). Vivía en esta ciudad en compañía de su hermano Antonio, también sacerdote, y de otra hermana, que los atendía y cuidaba.

El inicio de la guerra civil les sorprende en Hellín, y comienzan a ser conscientes del peligro que corren por su condición de sacerdotes. Y en vez de huir, asumen este riesgo, animándose arduamente ambos hermanos. Como cierto día su hermano aludiese al mucho tiempo que llevaban sin confesar, don Saturnino le respondió: No tardaremos mucho en confesar a Jesucristo. Será la noche que menos lo pensemos. Y advirtiendo, que al oír esto, su hermana se entristeció, trató de consolarla, añadiendo: ¿Puede haber algo más hermoso y apetecible que el martirio? Sin enfermedad y sin agonía se va uno derechito al cielo. Y, por otra parte, así cooperamos a la solución de España que, como muchas veces te he dicho, no se regenerará si no es lavada con sangre de mártires.

Estos presagios no tardaron mucho en cumplirse, y el día 25 de agosto de 1936, a las dos de la tarde, se presentó en el domicilio de los dos hermanos sacerdotes una patrulla de hombres armados, reclamando a Don Antonio. Pero entonces Don Saturnino, que estaba enfermo, declaró tajantemente que su hermano no saldría de casa, si él no le acompañaba. Los milicianos no pusieron objeción alguna a que acompañara a su hermano. Los llevaron, en principio, al Ayuntamiento, y allí los retuvieron hasta las dos de la madrugada del día siguiente. A esa hora, montándolos en un coche, los sacaron a la carretera de Peñas de San Pedro (Albacete). Y por ella caminaban, cuando al llegar al Olivar de Morote, Don Saturnino sufrió un colapso. Don Antonio suplicó a los milicianos que parasen el coche para que con el aire de la noche su hermano se recuperase. Al bajar, se percató que los milicianos comenzaban a preparar sus armas para disparar. No disparéis sobre mi hermano que el pobre ya no lo necesita. Y mientras extiende su brazo derecho para proteger la cabeza de Don Saturnino, dispararon sobre ambos, quedando tendidos por tierra, abrazados sus cuerpos, y acribillados a balazos. Todo esto sucedió en la madrugada del 26 de agosto.

FRANCISCO TALAVERA GARCÍA
Párroco de Nuestra Señora de la Asunción de Hellín



Nació el 26 de mayo de 1884 en Agramón (Albacete). Cursó estudios en el Seminario de San Fulgencio de Murcia. Desde 1930, y tras algunos destinos, quedó asignado a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Hellín (Albacete).

Iniciada la guerra también en Agramón (Albacete) la familia Talavera fue blanco de las iras de los revolucionarios. Por unos días, Don Francisco, pudo eludir la persecución de que era objeto, gracias al escondrijo, que le procuraron en la casa de una cuñada suya, residente en el mismo Hellín (Albacete), escondrijo tan bien disimulado, que, a pesar de haber hecho varios registros en la casa, no pudieron dar con él los que con tanto ardor le buscaban. Mas el 30 de julio según un testigo de viso, que estaba en la casa contigua al lugar de los hechos, oyó tiros que venían de la calle. Salió para ver lo que pasaba. El cura se encontraba tumbado en la calle, boca abajo. Tenía sangre, pero estaba vivo. Casi a gatas se refugió en un casa cercana... al apoyarse en las paredes fue dejando rastros de sangre... se escondió debajo de la cama de una de las habitaciones... allí recibió varios tiros, pero según la testigo no llegó a morir en el momento. Volvió a salir de la casa, tambaleándose, y nuevamente en la calle le remataron. Debido a los disparos, sus sesos quedaron en la pared. No llevaba sotana. Sus verdugos celebraban con grandes carcajadas los saltos que el cuerpo daba, cada vez que hacían sobre él un nuevo disparo, mofándose en su lenta agonía. Después de muerto lo cogieron en brazos y lo llevaron al cementerio.

FRANCISCO MASSÓ TÉBAR
Párroco de la Asunción de Tobarra


Natural de Albacete, nació el 11 de mayo de 1874. Ordenado presbítero prestó sus servicios, primeramente, como Oficial de la cancillería Episcopal; y después de ejercer en Murcia, desde 1913, era párroco de la Asunción de Tobarra (Albacete).

Don Francisco pasó más de doce años apartado de las tareas parroquiales por ciertas dificultades físicas, que, para el ejercicio de su ministerio, le ocasionaba una operación quirúrgica que hubo de sufrir en una clavícula. Y desde entonces residía con sus familiares en Albacete. En estos años no permaneció del todo inactivo; pues, apenas se repuso de la operación sufrida, regentó durante alguna temporada la Rectoría de San José de Albacete capital, y frecuentemente acompañaba, como secretario, en sus visitas pastorales a Don Vicente Alonso y Salgado, Obispo de la Diócesis.

Fracasada la sublevación en Albacete, Don Francisco no sintiéndose seguro en la capital, procuró alejarse, buscando refugio en la casa de un hermano suyo, que vivía en Férez (Albacete). Pero no le valió este discreto alejamiento, ya que en la tarde del 8 de septiembre se presentaron en el pueblo de Férez unos milicianos de Albacete, acompañados de otros de Elche de la Sierra (Albacete), con la misión de detener al sacerdote albacetense; lo que consiguen sin grandes dificultades. Y una vez detenido, se dirigen con él a Elche de la Sierra, que es el lugar escogido para asesinarlo. Llegados a la plaza del pueblo, dejan al sacerdote en el coche, mientras ellos deliberan, en el Ayuntamiento con el Comité Local por espacio de dos horas. Durante estas horas fue objeto de toda clase de insultos por los vecinos del pueblo. Abrasado por la sed, pidió un poco de agua; y se le respondió que pronto ya no tendría sed. El agua te la van a dar esos, que están ahí dentro. Al final salen los milicianos del Ayuntamiento y subiendo de nuevo a los coches, parten con el detenido hacia las afueras de Elche de la Sierra (Albacete). En el lugar denominadoLa Olivera Grandese detienen otra vez y piden al preso su documentación personal, obligándole a bajar del coche y escribir a la luz de los faros por espacio de un cuarto de hora, no especificando qué. Tras lo cual, dos descargas de fusil de escopeta ponen fin a su vida. Se cuenta que después de cometido el crimen un miliciano le cortó a Don Francisco las orejas, mientras comentaba: esto para aperitivo. Y culminado el asesinato, encontrándose en la taberna donde iban a cenar, uno de los asesinos saca del bolsillo dos orejas humanas y dice al tabernero: Esto para aperitivo.

JESÚS VERGARA COY
Rector de San Roque de Tobarra

Nació el 10 de marzo de 1895 en Tobarra (Albacete). Hizo sus primeros estudios eclesiásticos de humanidades en el Seminario de Cuenca; y los de teología en el de Murcia; en donde finalmente fue ordenado en 1921. Tras varios nombramientos, y ya a punto de iniciarse la guerra, fue nombrado cura rector de la iglesia de San Roque de Tobarra (Albacete).

Sublevada la provincia de Albacete a favor de los nacionales, desde Alicante, Cartagena y Murcia acudieron grupos de milicianos para atacar la capital. Elementos advenedizos se dedicaron a cometer todo tipo de desafueros y fechoría en Hellín y sus alrededores. Y uno de estos grupos, constituidos por milicianos de Cartagena, fue el que, con información de algún vecino de Tobarra, se presentó de súbito, en la mañana del 24 de julioen el domicilio del Rector de San Roque. Éste, que, en aquel momento, se hallaba en el huerto de la casa al advertir la presencia de los milicianos, emprendió la huida, con ánimo de escalar una de sus tapias. Pero no pudo hacerlo, porque en el momento de intentarlo, unos disparos le derribaron en tierra a pie del muro, dejándole muerto en el acto. Don Jesús cae cosido a balas, dentro de su propia casa, y en presencia de sus familiares, que, paralizados por el espanto, nada pudieron hacer por evitar lo sucedido, ver morir a Don Jesús, mientras los milicianos abandonan el lugar comentando sobre la buena puntería de unos y otros.

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